Los objetivos de desarrollo sostenible adoptados en 2015 por los 193 Estados miembros de las Naciones Unidas establecen un rumbo ambicioso para 2030: erradicar la pobreza, garantizar el acceso a la educación y la salud, proteger el medio ambiente. Las ONG constituyen un eslabón operativo de este programa.
Su trabajo en el terreno traduce estos compromisos institucionales en acciones concretas para las poblaciones más vulnerables. Sin embargo, la realidad de 2025-2026 revela un panorama contrastante, donde la contracción de los financiamientos y la multiplicación de las restricciones regulatorias rediseñan las condiciones de intervención.
Financiamiento humanitario en caída: lo que las ONG pierden en capacidad de acción
El informe anual 2025 del CICR documenta una tendencia preocupante: una disminución marcada y constante de los financiamientos para todo el sector humanitario. Este retroceso no es coyuntural. Se inscribe en un movimiento plurianual que afecta directamente la capacidad de las organizaciones para mantener sus programas de protección y desarrollo humano.
La actualización de mitad de año del Panorama humanitario mundial de la ONU cifra la magnitud del problema: solo el 24 % de las necesidades financieras humanitarias globales han sido cubiertas para el año en curso. Este déficit masivo golpea en primer lugar a las ONG de tamaño intermedio, que dependen en gran medida de las convocatorias a proyectos institucionales para financiar sus operaciones.
Esta situación empuja a varias organizaciones a documentar sus acciones de manera más detallada, como lo muestra la página https://fmg-ong.org/ que informa sobre los proyectos llevados a cabo por una fundación comprometida con la solidaridad internacional.
El desajuste entre las ambiciones expresadas por la Agenda 2030 y los recursos realmente movilizados plantea una cuestión estructural. Los ODS constituyen un marco de referencia adoptado por consenso, pero su implementación depende de flujos financieros que se están agotando. Las ONG se ven obligadas a arbitrar entre sus programas, reducir sus zonas de intervención o fusionar misiones para mantener una presencia mínima.

Leyes restrictivas contra las ONG: un obstáculo creciente al desarrollo humano
Desde 2024, varios países han adoptado o endurecido legislaciones que regulan las actividades de las organizaciones no gubernamentales. Estos textos, a menudo calificados de “leyes anti-ONG”, imponen obligaciones declarativas reforzadas, limitan las fuentes de financiamiento extranjeras o restringen los temas sobre los cuales las asociaciones pueden intervenir.
Este fenómeno afecta contextos geográficos variados y no se limita a regímenes autoritarios. Algunas democracias también han introducido mecanismos de control más estrictos sobre los flujos financieros destinados a las organizaciones de la sociedad civil.
Las consecuencias en el terreno son directas:
- Programas de salud o educación suspendidos mientras se obtienen nuevas autorizaciones administrativas, a veces durante varios meses
- Un efecto disuasorio sobre las asociaciones transnacionales, los donantes dudando en financiar proyectos en países donde el marco legal se vuelve impredecible
- Una autocensura de algunas ONG sobre cuestiones de derechos de las mujeres o gobernanza local, para evitar entrar en conflicto con las autoridades
Esta ofensiva regulatoria debilita particularmente a las organizaciones locales, que disponen de menos recursos legales para impugnar estas restricciones o adaptar sus estatutos.
Localización de la ayuda: promesas y realidades diez años después del Gran Acuerdo
El compromiso asumido durante la Cumbre Humanitaria Mundial de 2016, conocido como el Gran Acuerdo, preveía confiar una parte creciente de la dirección y financiamiento de la ayuda a los actores locales. Diez años después, los análisis de terreno presentan un balance matizado.
Varios estudios publicados en 2025 señalan una brecha persistente entre el discurso sobre la localización y las prácticas reales. Los actores locales siguen estando subrepresentados en los órganos de decisión de los grandes programas humanitarios. El financiamiento directo hacia las ONG nacionales o comunitarias avanza lentamente, frenado por exigencias de informes alineadas con los estándares de los donantes internacionales.
Sin embargo, algunos avances merecen ser destacados. En contextos como Mozambique, dinámicas de transición han permitido que organizaciones locales asuman gradualmente el relevo de operadores internacionales en áreas específicas: gestión del agua, resiliencia climática, protección de la infancia.
El paradoja persiste: la retórica institucional valora la proximidad cultural y el conocimiento profundo del terreno que poseen los actores locales, pero los mecanismos de financiamiento continúan favoreciendo a las grandes estructuras internacionales. Los procedimientos de auditoría, las exigencias de garantía financiera y los ciclos de programación plurianuales constituyen tantas barreras para organizaciones cuyos presupuestos anuales siguen siendo modestos.

Clima y crisis humanitarias: la adaptación forzada de las ONG de desarrollo
La frontera entre ayuda al desarrollo y respuesta de emergencia se difumina. Los informes publicados en 2024 y 2025 por varias organizaciones, incluido el Danish Refugee Council, documentan el impacto creciente de los eventos climáticos sobre las poblaciones ya debilitadas por la pobreza o los conflictos.
Para las ONG comprometidas con el desarrollo humano, esta evolución impone una reestructuración de sus métodos. Un programa de acceso a agua potable en el Sahel ya no puede ser concebido sin integrar escenarios de sequía prolongada. Un proyecto educativo en el Sudeste Asiático debe anticipar los desplazamientos de población relacionados con inundaciones.
Las ONG adaptan sus programas integrando sistemáticamente la dimensión climática, lo que incrementa los costos y alarga los plazos de implementación. Esta restricción adicional se presenta en un contexto donde, como se mencionó anteriormente, los financiamientos se están contrayendo.
Los retornos del terreno divergen sobre la capacidad real de las organizaciones para operar esta transición. Algunas han desarrollado una sólida experiencia climática, con equipos dedicados y asociaciones con institutos de investigación. Otras, especialmente las estructuras de menor tamaño, luchan por integrar esta dimensión sin sacrificar su misión principal.
El compromiso de las ONG por el desarrollo humano se enfrenta hoy a un triple obstáculo: financiamientos en retroceso, un espacio cívico que se reduce en varias regiones del mundo y necesidades amplificadas por el cambio climático. La capacidad del sector para mantener su impacto dependerá en gran medida de la evolución de estos tres parámetros en los años que aún quedan hasta la fecha límite de 2030.



